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Actualidad Educativa

18/12/2018

Mariposas y balsas biodegradables: dos fórmulas para cuidar el planeta desde la escuela

En la Ciudad hay 200 “Escuelas verdes” que ponen la preservación ecológica en el centro de su proyecto pedagógico. Conocé la historia de dos de ellas.

Mariposas y balsas biodegradables: dos fórmulas para cuidar el planeta desde la escuela

¿Qué tienen en común una mariposa y un pedacito de piolín que sirve para atar? Ambos son parte de algunos de los proyectos que llevan a cabo las Escuelas Verdes de la Ciudad, que son 200 y que emprenden distintas iniciativas para que la preservación del medio ambiente se vuelva protagonista del plan pedagógico.

Uno de esos proyectos es el del jardín de infantes N° 9 de Villa Soldati, al que asisten 280 alumnos. En sus paredes hay mariposas estampadas con un stencil. En el salón de usos múltiples en el que los chicos izan la bandera hay sogas de las que cuelgan mariposas de cartulina. En el guardapolvo de Paula López, maestra de una sala de 5, hay mariposas de colores estampadas en los bolsillos. En este jardín porteño se trabaja para desarrollar un mariposario que empiece a devolverle a Buenos Aires parte del ecosistema que ha perdido con el tiempo.

Para eso, el jardín destinó 200 metros cuadrados de tierra para la cría y reproducción de mariposas: es uno de los ejes centrales de su proyecto educativo. “La iniciativa nació después de una visita al Museo de Ciencias Naturales de Parque Centenario. El guía les preguntó a los chicos si sabían por qué ya no había mariposas en la ciudad, y al otro día una nena se acordó y me preguntó. Ese fue el inicio de todo”, cuenta Paula. “Tres veces por semana venimos con los chicos: traemos lupas y cada uno viene con su libreta de explorador. Tomamos registro de cuántos huevos hay, de cuándo pasan a ser orugas, de cuántas mariposas vemos y qué especies hay”, explica. Las mariposas más habituales aquí son “monarca” y “espejito”.

Pero un mariposario no se arma de un día para el otro: “Para que haya mariposas tiene que haber árboles y plantas nativos de la región. A esa conclusión llegamos luego de investigar la pregunta formulada en el museo, y eso intentamos armar acá. Trajimos árboles como el mburucuyá y el ceibo, y plantas como salvias y lantanas, de la eco-región de Buenos Aires”, describe la docente. La idea y su ejecución le valió reconocimientos a este jardín: en 2014 y en 2016 obtuvieron el Premio INNOVA de la Ciudad. En este jardín de Villa Soldati, el mariposario también ayuda a los chicos en los primeros pasos de la lecto-escritura. “Como vienen con la libreta y están en pre-escolar, algunos hacen sus primeras anotaciones. Pero sobre todo, aprenden a sentirse parte de la naturaleza. Al principio, les tenían miedo a las abejas. Ahora saben que vienen aquí a polinizar. Aprendieron también que si gritan, las mariposas se van. Y a que hay que cuidar el medio ambiente para que sea diverso”, enfatiza la maestra.

También en Villa Soldati, los alumnos de la escuela secundaria "Arturo Jauretche", apuestan por un proyecto que sirva para proteger el medio ambiente. La cercanía entre la escuela y el Riachuelo no es un dato menor: esa cercanía dio impulso a los alumnos para sanear sus aguas. Con el uso de plantas y materiales biodegradables -entre los que se cuenta el piolín- diseñaron balsas que sirven para absorber metales pesados que hay en el lecho de esa cuenca.

Los alumnos de 3° año cavaron un estanque en el terreno de la escuela: tiene unos 10 metros cuadrados y no es demasiado profundo. Con bidones, buscaron agua del Riachuelo y lo llenaron. Desde la cuenca también trajeron plantas que crecen en ese ambiente. Todo fue a parar al estanque, excepto una de las plantas: en vez de ponerla en agua del Riachuelo, la pusieron en agua de la canilla. A las dos semanas, ese ejemplar estaba muerto.

“Aprendimos que la planta, en su agua habitual, sobrevive porque necesita alimentarse de los metales pesados que hay allí: plomo, cadmio, zinc, entre otros. Y que a la vez, al absorber esos metales, limpia el agua”, explica Agustina Jorge Vales, alumna de 4° año de la escuela. Desde el año pasado y junto a otros alumnos, está detrás del proyecto “La balsa que salva”, que idearon dos docentes de Biología hacia 2015. “Eso, cuando una planta sanea el agua del medio en el que vive, se llama fitorremediación”, explica.

La iniciativa no sólo se limita a esperar a que las plantas nativas saneen el agua, sino que intenta multiplicar la cantidad de esas plantas en el estanque: “Desarrollamos unas balsas con materiales biodegradables: usamos caña, hojas y pasto seco, fibra de árboles como el palo borracho, que también ayuda a absorber aceites, y atamos todo con piolines biodegradables. En esa balsa se incrustan las plantas que fitorremedian el agua”, suma Agustina. Fueron probando distintas combinaciones de materiales biodegradables para saber cuáles flotaban mejor en el agua del estanque.

En el aula protagonizada por balsas hay una pecera con agua. Los chicos la llenaron con un poco del agua del Riachuelo que trajeron en los bidones. El agua está turbia y, según las mediciones que hicieron en la escuela, tiene pH ácido. No pasó lo mismo cuando midieron el pH del agua que dejaron estar un tiempo en el estanque: un tiempo después de dejarla sanear por la acción descontaminante de las plantas, el pH resultó neutro, similar al del agua que sale por las canillas. La recuperación, cuentan en la escuela, es gracias al proyecto que emprendieron.

Las escuelas, desde el jardín hasta la secundaria, se vuelven cada vez más frecuentemente escenarios para que entre alumnos y docentes pongan a funcionar iniciativas que excedan a los contenidos tradicionales y que puedan ser transformadores. Del entorno y de los propios chicos, que incorporan esos aprendizajes y, muchas veces, son los encargados de hacer docencia ambiental en sus propias casas.

FUENTE: Clarín

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